
“Hay algunas claves para poder moverse con tranquilidad en este barrio y yo las manejo perfectamente, aunque, claro, lo impredecible siempre puede suceder. Es cuestión de no tener miedo, de hacerse con algunos amigos imprescindibles, de saludar a los vecinos, aunque sean delincuentes -especialmente si son delincuentes-, de caminar con la cabeza alta, prestando atención”
País: Argentina y España
Año: 2016
Mariana Enríquez (Buenos Aires, Argentina, 1973) es una escritora argentina que desde que publicó su primera novela a los 21 años Bajar es lo peor (1995) y después de más de una decena de publicaciones Los peligros de fumar en la cama (2003), Alguien camina sobre tu tumba (2013), Es verano a oscuras (2019), Nuestra parte de noche (2019), por mencionar algunos, siempre se ha decantado por el género de terror, que la verdad le queda bastante bien, no por ello se ha ganado la buena crítica y el reconocimiento no sólo del ámbito literario en español sino en lengua inglesa también y alrededor del mundo.

En esta ocasión hablaré del libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego (2016) que lo leímos hace un tiempo en el círculo de lectura en Café Marimba. Es un librito muy ameno en la lectura, pero bastante estresante y que pone los nervios de punta, no necesariamente va de cosas paranormales, creo que precisamente es eso lo que lo vuelve tan provocador y enervante, son cotidianidades argentinas, de la vida de la gente de allá que se parece tanto a la de acá.
La estructura del libro se compone por doce cuentos en menos de 200 páginas, por ello es uno de esos que se pueden compartir o comentar grupalmente, poniendo de meta dos tres cuentos cada vez y avanzas muy rápido, mis favoritos fueron: “El chico sucio”, “La hostería” y “La casa de Adela”, me gustan porque cada uno trata de temas periféricos, marginales desde una perspectiva tan relajada y asimilada que se convierten en protagonistas.
Por ejemplo, en “El chico sucio” narra la historia de un barrio violento que en algún tiempo fue una colonia de gente adinerada, pero como todo por servir (y explotar) se acaba, la gente de otros barrios fue invadiendo éste hasta que se apropió de todas y cada una de las mansiones con gárgolas a la entrada. La voz narradora relata que su familia no entiende cómo ella puede elegir vivir ahí, rodeada de decadencia, fenómenos (gente muy pobre, travestis, etc) pero ella se siente tan cómoda y feliz que es capaz de soportar el hecho de ni siquiera caminar con tranquilidad.
En este cuento mencionan a México y la verdad es que antes de que mencionara el nombre de mi país, yo ya me había sentido identificada:
“Pero si uno sabe moverse, si entiende las dinámicas, los horarios, no es peligroso. O es menos peligroso…”
Chico Sucio
Pienso que, para cualquier latinoamericano, leer a Mariana es verse en un espejo, pero con lentes de terror cotidiano, y es que, si lo pensamos dos veces, en nuestro diario acontecer experimentamos situaciones no sólo no gratas, sino terroríficas, pesadas, absurdas pero que tenemos tan asimiladas que ya ni nos disgustan, con esto no quiero decir que lo defiendo o lo acepto, simplemente lo reconozco y doy su lugar: el miedo nos hace valientes.
El otro cuento que me gustó: “La hostería” tiene como protagonistas a dos chicas lesbianas, una de ellas se llama Rocío, como yo, pero no fue eso lo que me atrapó, sino la maestría con que la escritora hace borrosa la línea entre si lo que lees es real, o sea, sucede dentro de la historia, o es imaginado por las protagonistas. Son dos amigas -más que eso- que deciden allanar las instalaciones de un hotel en un pueblo, pero las cosas se les van de las manos de una forma que hay que hacer pausa mientras se lee para recuperar el aliento.
Por último, “La casa de Adela”, para mí el mejor y es que nuevamente regresa a la protagonista marginal, rara, la que nadie quiere y que normalmente se observaría con asco no obstante aquí lleva el control de la historia. Adela es una niña que no tiene un brazo, pero en lugar de sufrir su condición y sentirse mal cuando las miradas se posan sobre ese extraño trozo de músculo que sobresale en su hombre izquierdo, ella goza y se pavonea al saberse observada.
En cuanto a la capacidad de escritura de Mariana Enríquez en este cuento en particular rescato esa perfección con que la escritora juega y cambia de voz narradora sin que apenas te des cuenta. Dependerá del nivel de lectura que estés llevando, si no, de pronto comprendes que no comprendes y te regresas páginas atrás, es maravilloso.
No quiero dejar de mencionar el último cuento que es el que le da nombre al libro. Simplemente deja sin palabras y no quiero decir más nada sólo que lo busquen y lo lean, y recordar que, si vives en Culiacán y te interesa leerlo, escríbeme y te lo presto.

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